Mi
cuerpo reposaba sobre uno de los estantes de la biblioteca. Escuchaba el tic –
tac del reloj, sentía que el tiempo no avanzaba. Mis ventanales de la visión
parpadearon y empecé a sacar libros por doquier. Cuando estaba realizando esta
actividad, mi atención fue llamada por un libro grande, sin lomo y oscuro tal
vez por la suciedad. Era quizás el más antiguo en toda la biblioteca. Lo tomé y
el polvo llegó a mis ojos, los cerré y los volví a abrir, escuché abrirse una
puerta. Miré hacia un lado y no había nada extraño, luego giré al otro extremo
y tampoco observé algún cambio.
Cuando
miré atrás vi una puertecilla radiante y de oro. Pasé por ella y había una
escalera que pensé que se dirigía a un cuarto o a un sótano. La curiosidad me
mataba y comencé a bajar escalón por escalón. Más tarde miré hacia arriba y ya
la portezuela no estaba habría bajado como unos ciento setenta escalones y el frío sacudía mis hombros.
Hasta
que llegué debajo, de ahí se descolgaba un bosque húmedo y tropical. Mis oídos
escucharon pasos y emprendí una carrera por un jardín de rosas color caoba. No
me había dado cuenta que una espina rasgó mi camiseta hasta que reposé en un
árbol frondoso que sacó sus brazos lentamente y me arropó.
Luego
seguí caminando hasta estrellarme con un desierto donde el sol alcanzaba su
punto más alto. Caí tendido sobre la arena ardiente que golpeaba mi espalda
como dragón escupiendo fuego. Escuchaba los pasos más cerca.
Parpadeé
y vi a un hombre que me acompañó hasta llegar la noche fría. Era un licántropo
que me intentó atacar. Pero, salí corriendo muy rápido, tropecé y cuando abrí
los ojos estaba en una habitación oscura que contenía tres puertas, una de oro,
otra de hierro y la restante de madera. Me dejé llevar de la ambición y abrí la
de oro. Ya que esperaba allí encontrar riquezas, pero ¡Qué Sorpresa! Solo había
un sillón viejo me senté y me fui por un agujero que al parecer no tenía fin.
Caía veloz y el viento golpeaba mis ojos tanto que los cerré y
cuando los abrí. Me encontraba en la biblioteca con el libro en la mano y la camiseta rasgada. El libro “Umbral a la
Imaginación” decía que en la casa había una habitación secreta, que la puerta
era el libro y la llave era la imaginación. También decía que toda persona que
descubriera esto, debía escribir su primera aventura. Lo realicé y volví a
entrar, a entrar y a entrar.
Autor: Carlos José Pernett Ramírez
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