Había una vez un pescador que estaba cansado de ser pescador. El hombre tenía tres hijos que eran su adoración y se sentía desesperado porque sus hijos crecían, muy pronto dejarían la secundaria y tendría que mandarlos a la educación superior que sólo se encontraba en alguna gran ciudad, lo cual requería de una buena y constante suma de dinero. Su oficio había tenido una época de oro cuando la ciénaga daba peces en abundancia y con sólo apartarse un poco de la orilla y tirar unos cuantos atarrayasos obtenía lo suficiente para el sustento. Pero ahora, tanto abuso con chinchorras y trasmayos, habían acabado con las mejores especies y quedaban pocas que cada vez era más difícil pescarlas. Un día le pidió un trabajito al alcalde que en campaña se lo había prometido pero no le dio ni siquiera una celaduría.
En el patio de su casa, había entre muchas cosas relacionadas con el oficio, unas gallinas, un cerdo comelón, una pareja de gatos y un pollo fino que había aparecido un día con la cabeza remondillada y chorreando sangre. Su hijo lo curó y lo cuidó durante días hasta que sanó. Ahora era un pollo fuerte que a veces se volaba la cerca para pelear con los vecinos.
El hombre era aficionado a ver peleas de gallo e iba motivado por un amigo que apostaba fuerte a los gallos que el mismo cuidaba pero en los últimos tiempos estaba más salado que un bagre en salmuera, de tal manera que en cuatro domingos seguidos perdió a cuatro gallos que consideraba invencibles y con las derrotas se aproximaba la quiebra pués sólo le quedaban unas crías y no tenía para comprar la comida para alimentarlos.
Un día estaban sentados en un local del puerto bebiéndose unas colas y hablando de los problemas económicos. Se les veía desmoralizados y a punto de llorar en medio de la gente que iba y venía. En esas estaban cuando el pescador le dijo que en casa tenía un gallo que había aparecido como enviado por la providencia. El peleador de gallos, que era un buen creyente, abrió los ojos en forma desmesurada y le dijo que sí, que claro, ese no era un gallo cualquiera sino el gallo enviado para sacarlos de esa desgraciada situación.
En cuatro días entrenaron el gallo y confiando en que no era de este mundo lo tiraron a la gallera el domingo. El gallo ganó la pelea pero apenas fue el comienzo: de ahí en adelante se paseó triunfante por casi todas las fiestas patronales de la depresión momposina y llegó, incluso a competir por la fama, con las cuerdas de pivijay y la paz. Así con las ganancias de las peleas, más los derechos por engendrar, el gallero y el pescador salieron a flote. El segundo montó un almacén para vender productos a los pescadores y un centro de conservación de alimentos. Con esos negocios dejó de pescar y pudo enviar a sus hijos a estudiar a la ciudad.
LicenciaCC:Atribuciòn, No Comercial,Sin Derivadas.

Autora: Andreina Milena Ramos Arias.
Mi cuento lo publique bajo la licencia Creative Commons:atribucion,no comercial,sin derivadas. ya que quiero que las personas tengan provecho de ella siempre y cuando especifiquen que yo la escribi, pueden copiarla pero no modificarla, no pueden ganar dinero con ella no tiene fines comerciales. por eso escoji esta licencia.
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