sábado, 13 de septiembre de 2014

¿EL AMOR TAMBIÉN MUERE?

“En toda la noche no pude dormir pensando en tu pregunta… ¡esa estúpida pregunta!”.

Fue lo primero que le dije cuando ella despertó. Me miró a la cara muy sorprendida; casi aterrada por la forma en como le hable. Era de esperarse, pues nunca le había hablado así. Pude ver como sus ojos color miel se rieron de mí a pesar de mi subido tono de voz… en realidad sus ojos si se ríen… ¡odio su maldita cualidad! pero, ese no es el punto. Me miró a la cara, dejo caer su delicado cuello sobre mis piernas y flexiono los 17 músculos de su cara para soltar una sonrisa involuntaria… fue sarcástica, eso noté. La rabia me consumía al ver que de una u otra forma no le importó lo que le había dicho; esos actos de indiferencia son normales en ella. Mientras acariciaba su largo pelo y disfrutaba de ese relajante olor a otoño que expulsa su cuerpo, ella con voz angelical me hablaba: susurraba cosas acerca de la pregunta y continuamente me hacía preguntas referidas al tema. Yo le respondí todas las preguntas, o al menos eso creo.

No sé si me hago entender, creo que no empecé por donde debí haber empezado; la idea es que usted me entienda doctor… pues bien, le contaré todo desde el principio.
La semana pasada… justo un día como hoy, tuve varios inconvenientes en el trabajo, fue un día agotador; hacia mucha calor y tuve que trabajar doble debido a un par de ausencias en el grupo de trabajo.

Cuando llegue a casa, sentí el deseo de leer un poco, me gusta la ciencia ficción así que eso es lo que comúnmente leo. Me dirigí  a las gavetas donde guardo los libros y cuando empecé a buscar que leer encontré el “Hamlet” de Shakespeare. Estaba un poco sucio y muy malgastado… lo tengo porque de joven me toco leerlo en el colegio y nunca lo hice. Empecé a echar un vistazo al libro. Leí un monólogo que contenía el libro y me pareció muy interesante. Así que dejé el libro en la sala para cuando llegará mi esposa leerlo y compartirlo con ella. Horas más tarde, transcurrido un tiempo de su llegada a casa, le comenté sobre el libro y le dije que leería para ella una parte del libro. Así que nos dirigimos al cuarto y estando en la cama le dije:

-Sé que te va a gustar.

-Me gustará -Interrumpió diciendo.

Así que sin más preámbulos comencé a leer.

“Ser o no ser, esa es la cuestión. ¿Qué es más noble para el alma sufrir los golpes y las flechas de la injusta fortuna o tomar las armas contra un mar de adversidades y oponiéndose a ella, encontrar el fin?”

-Ahh sí. Creo que ya lo he leído –dijo –pero igual léemelo -Añadió -Yo obedecí a su voluntad y continúe leyendo.

“Morir, dormir… nada más; y con un sueño poder decir que acabamos con el sufrimiento del corazón y los mil choques que por naturaleza son herencia de la carne… Es un final piadosamente deseable. Morir, dormir, dormir… quizá soñar. Ahí está la dificultad. Ya que en ese sueño de muerte, los sueños que pueden venir cuando nos hayamos despojado de la confusión de esta vida mortal, nos hace frenar el impulso. Ahí está el respeto que hace de tan larga vida una calamidad. Pues quien soportaría los latigazos y los insultos del tiempo, la injusticia del opresor, el desprecio del orgulloso, el dolor penetrante de un amor despreciado, la tardanza de la ley, la insolencia del poder, y los insultos que el mérito paciente recibe del indigno cuando él mismo podría desquitarse de ellos con un puñal.”

-Nadie -Dijo ella riendo.

-¿Qué? -Le pregunte.

-Nadie soportaría eso. En especial el desprecio del orgulloso y el dolor penetrante de un amor despreciado. (Mirándome a la cara)

-Por lo menos sé que me amas, y no me desprecias -Le dije sonriendo.

-¡Aparentemente! -Me dijo de forma sarcástica –pero continua -dijo.

“Quejarse y sudar bajo una vida cansada, por el temor a algo después de la muerte – El país sin descubrir de cuya frontera ningún viajero vuelve- aturde la voluntad y nos hace soportar los males que sentimos en vez de volar a otros que desconocemos. La conciencia nos hace cobardes a todos. Y así el nativo color de la resolución enferma por el hechizo pálido del pensamiento y empresas de gran importancia y peso con lo que a esto se refiere, sus corrientes se desbordan y pierden el nombre de acción.”
Luego de haber terminado la lectura, de forma inmediata le pregunte:

-¿Finges? ¿A caso no sientes amor por mí y lo finges?

-¡Olvídalo! -Dijo –claro que si te amo.

En cierto modo creí lo que decía, pues me ha soportado todo este tiempo… ¿acaso no es esa una prueba de amor incondicional? 20 años juntos; risas, cines, paseos y un sin número de hábitos que por lo general nunca van acompañados de pleitos. Sin embargo, mi ego me hacía sentir confuso; estaba intrigado; quería saber por qué dijo que aparentemente si me amaba.
-¿Cómo lo voy a olvidar? ¿A caso no hay la confianza suficiente para que me digas porque dices que aparentemente si me amas? Le dije con la voz entre cortada. -¿acaso el amor es para siempre? -Dijo -¿Crees que el amor es para siempre? -Pregunto. Y afirmo que el amor al igual que los seres vivos también muere: -“el amor, así como todo lo que posee vida, muere.
Sus palabras me hicieron sentir como si un centenar de cuchillos afilados estuviesen atravesando mi cuerpo. Quede neutro y no dije nada, quería decir algo, pero no sabía qué; quede mudo, perdí mi voz en ese momento así que el silencio fue inminente.

El tiempo fue pasando y yo seguía pensando en sus preguntas: estaba maquinando e intenta descifrar porque o para que me hizo esa pregunta: ¿”crees que el amor es para siempre”? mientras hacía esto pude notar que estaba dormida, así que procure no despertarla. Recuerdo que me deleite viéndola a la cara mientras pensaba cosas absurdas. Quería olvidar lo ocurrido pero no podía, las horas se me hicieron largas y yo estaba sin poder dormir. Luego de forma repentina se apodero de mí una ira… creo que fue causa del insomnio o no sé por qué.  Solo sé que esperaba con ansias que despertara, atreves de la ventana pude ver los primeros rayos de luz que se asomaban en el horizonte; escuche el ladrido de algunos perros de la cuadra acompañados de forma orquestal por el canto de unos gallos y uno que otro pájaro. Ella se retorció en la cama de forma parecida a un gusano, abrió los ojos y miro hacia al techo; sin darle los buenos días y de forma repentina le dije:

-En toda la noche no pude dormir pensando en tu pregunta… ¡esa estúpida pregunta!

-¿Qué? -Dijo mientras giraba la cabeza y me miraba a los ojos. Se recostó en mis piernas y sonrió –¿aun estás pensando en lo de ayer? -Pregunto; mientras mis manos involuntariamente acariciaban su pelo.

-Solo lo dije para molestarte, me gusta verte impaciente -Me dijo -¿acaso piensas que ya no siento nada por ti? ¿Desconfías de mí? Tenemos 20 años de estar juntos, ya no somos niños… confórmate con saber que te quiero, y que ese sentimiento no va a cambiar. Soltó una carcajada y la acompaño diciendo que aun poseo esa cualidad que la enamoro de mí.

-Noté que no dormiste en toda la noche; también duraste un largo tiempo viéndome a la cara. Me hubiese gustado que me hubieras dado un beso -me dijo sonriente.

-Pues no le encuentro la gracia –dije –calle un par de segundos y continúe diciéndole al oído –también te quiero. Así fue que pasó.

Doctor: -¿Fue lo último que le dijo?

Yo: -Si –y fue entonces cuando entendí que el amor también muere.

Doctor: -¿Ella nunca le comento que estaba enferma y que iba a morir?

Yo: -No. Me dolió mucho que haya muerto en mis piernas. Me hubiese gustado haberle dado el beso mientras se hacia la dormida.

Doctor: -Lo siento.

Yo: -Yo más.

Doctor: -Le recomiendo que vaya a descansar.

Yo: -Sí. Iré a mi casa, leeré Hamlet y tendré presente que mientras siga vivo y respire; mi amor por ella no morirá.




Autor: Germán Díaz 
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