¿EL
AMOR TAMBIÉN MUERE?
“En toda la noche no
pude dormir pensando en tu pregunta… ¡esa estúpida pregunta!”.
Fue lo primero que le
dije cuando ella despertó. Me miró a la cara muy sorprendida; casi aterrada por
la forma en como le hable. Era de esperarse, pues nunca le había hablado así.
Pude ver como sus ojos color miel se rieron de mí a pesar de mi subido tono de
voz… en realidad sus ojos si se ríen… ¡odio su maldita cualidad! pero, ese no
es el punto. Me miró a la cara, dejo caer su delicado cuello sobre mis piernas
y flexiono los 17 músculos de su cara para soltar una sonrisa involuntaria… fue
sarcástica, eso noté. La rabia me consumía al ver que de una u otra forma no le
importó lo que le había dicho; esos actos de indiferencia son normales en ella.
Mientras acariciaba su largo pelo y disfrutaba de ese relajante olor a otoño
que expulsa su cuerpo, ella con voz angelical me hablaba: susurraba cosas
acerca de la pregunta y continuamente me hacía preguntas referidas al tema. Yo
le respondí todas las preguntas, o al menos eso creo.
No sé si me hago
entender, creo que no empecé por donde debí haber empezado; la idea es que
usted me entienda doctor… pues bien, le contaré todo desde el principio.
La semana pasada… justo
un día como hoy, tuve varios inconvenientes en el trabajo, fue un día agotador;
hacia mucha calor y tuve que trabajar doble debido a un par de ausencias en el
grupo de trabajo.
Cuando llegue a casa,
sentí el deseo de leer un poco, me gusta la ciencia ficción así que eso es lo que
comúnmente leo. Me dirigí a las gavetas
donde guardo los libros y cuando empecé a buscar que leer encontré el “Hamlet”
de Shakespeare. Estaba un poco sucio y muy malgastado… lo tengo porque de joven
me toco leerlo en el colegio y nunca lo hice. Empecé a echar un vistazo al
libro. Leí un monólogo que contenía el libro y me pareció muy interesante. Así
que dejé el libro en la sala para cuando llegará mi esposa leerlo y compartirlo
con ella. Horas más tarde, transcurrido un tiempo de su llegada a casa, le comenté
sobre el libro y le dije que leería para ella una parte del libro. Así que nos dirigimos
al cuarto y estando en la cama le dije:
-Sé que te va a
gustar.
-Me gustará -Interrumpió
diciendo.
Así que sin más
preámbulos comencé a leer.
“Ser o no ser, esa es
la cuestión. ¿Qué es más noble para el alma sufrir los golpes y las flechas de
la injusta fortuna o tomar las armas contra un mar de adversidades y
oponiéndose a ella, encontrar el fin?”
-Ahh sí. Creo que ya
lo he leído –dijo –pero igual léemelo -Añadió -Yo obedecí a su voluntad y
continúe leyendo.
“Morir, dormir… nada
más; y con un sueño poder decir que acabamos con el sufrimiento del corazón y
los mil choques que por naturaleza son herencia de la carne… Es un final
piadosamente deseable. Morir, dormir, dormir… quizá soñar. Ahí está la
dificultad. Ya que en ese sueño de muerte, los sueños que pueden venir cuando
nos hayamos despojado de la confusión de esta vida mortal, nos hace frenar el
impulso. Ahí está el respeto que hace de tan larga vida una calamidad. Pues
quien soportaría los latigazos y los insultos del tiempo, la injusticia del
opresor, el desprecio del orgulloso, el dolor penetrante de un amor
despreciado, la tardanza de la ley, la insolencia del poder, y los insultos que
el mérito paciente recibe del indigno cuando él mismo podría desquitarse de
ellos con un puñal.”
-Nadie -Dijo ella
riendo.
-¿Qué? -Le pregunte.
-Nadie soportaría eso.
En especial el desprecio del orgulloso y el dolor penetrante de un amor
despreciado. (Mirándome a la cara)
-Por lo menos sé que
me amas, y no me desprecias -Le dije sonriendo.
-¡Aparentemente! -Me
dijo de forma sarcástica –pero continua -dijo.
“Quejarse y sudar bajo
una vida cansada, por el temor a algo después de la muerte – El país sin
descubrir de cuya frontera ningún viajero vuelve- aturde la voluntad y nos hace
soportar los males que sentimos en vez de volar a otros que desconocemos. La
conciencia nos hace cobardes a todos. Y así el nativo color de la resolución
enferma por el hechizo pálido del pensamiento y empresas de gran importancia y
peso con lo que a esto se refiere, sus corrientes se desbordan y pierden el
nombre de acción.”
Luego de haber
terminado la lectura, de forma inmediata le pregunte:
-¿Finges? ¿A caso no
sientes amor por mí y lo finges?
-¡Olvídalo! -Dijo
–claro que si te amo.
En cierto modo creí lo
que decía, pues me ha soportado todo este tiempo… ¿acaso no es esa una prueba
de amor incondicional? 20 años juntos; risas, cines, paseos y un sin número de
hábitos que por lo general nunca van acompañados de pleitos. Sin embargo, mi
ego me hacía sentir confuso; estaba intrigado; quería saber por qué dijo que
aparentemente si me amaba.
-¿Cómo lo voy a
olvidar? ¿A caso no hay la confianza suficiente para que me digas porque dices
que aparentemente si me amas? Le dije con la voz entre cortada. -¿acaso el amor
es para siempre? -Dijo -¿Crees que el amor es para siempre? -Pregunto. Y afirmo
que el amor al igual que los seres vivos también muere: -“el amor, así como
todo lo que posee vida, muere.
Sus palabras me
hicieron sentir como si un centenar de cuchillos afilados estuviesen
atravesando mi cuerpo. Quede neutro y no dije nada, quería decir algo, pero no
sabía qué; quede mudo, perdí mi voz en ese momento así que el silencio fue
inminente.
El tiempo fue pasando
y yo seguía pensando en sus preguntas: estaba maquinando e intenta descifrar
porque o para que me hizo esa pregunta: ¿”crees que el amor es para siempre”?
mientras hacía esto pude notar que estaba dormida, así que procure no
despertarla. Recuerdo que me deleite viéndola a la cara mientras pensaba cosas
absurdas. Quería olvidar lo ocurrido pero no podía, las horas se me hicieron
largas y yo estaba sin poder dormir. Luego de forma repentina se apodero de mí
una ira… creo que fue causa del insomnio o no sé por qué. Solo sé que esperaba con ansias que
despertara, atreves de la ventana pude ver los primeros rayos de luz que se
asomaban en el horizonte; escuche el ladrido de algunos perros de la cuadra
acompañados de forma orquestal por el canto de unos gallos y uno que otro
pájaro. Ella se retorció en la cama de forma parecida a un gusano, abrió los
ojos y miro hacia al techo; sin darle los buenos días y de forma repentina le
dije:
-En toda la noche no
pude dormir pensando en tu pregunta… ¡esa estúpida pregunta!
-¿Qué? -Dijo mientras
giraba la cabeza y me miraba a los ojos. Se recostó en mis piernas y sonrió –¿aun
estás pensando en lo de ayer? -Pregunto; mientras mis manos involuntariamente
acariciaban su pelo.
-Solo lo dije para
molestarte, me gusta verte impaciente -Me dijo -¿acaso piensas que ya no siento
nada por ti? ¿Desconfías de mí? Tenemos 20 años de estar juntos, ya no somos
niños… confórmate con saber que te quiero, y que ese sentimiento no va a
cambiar. Soltó una carcajada y la acompaño diciendo que aun poseo esa cualidad
que la enamoro de mí.
-Noté que no dormiste
en toda la noche; también duraste un largo tiempo viéndome a la cara. Me
hubiese gustado que me hubieras dado un beso -me dijo sonriente.
-Pues no le encuentro
la gracia –dije –calle un par de segundos y continúe diciéndole al oído
–también te quiero. Así fue que pasó.
Doctor: -¿Fue lo
último que le dijo?
Yo: -Si –y fue
entonces cuando entendí que el amor también muere.
Doctor: -¿Ella nunca
le comento que estaba enferma y que iba a morir?
Yo: -No. Me dolió
mucho que haya muerto en mis piernas. Me hubiese gustado haberle dado el beso
mientras se hacia la dormida.
Doctor: -Lo siento.
Yo: -Yo más.
Doctor: -Le recomiendo
que vaya a descansar.
Yo: -Sí. Iré a mi
casa, leeré Hamlet y tendré presente que mientras siga vivo y respire; mi amor
por ella no morirá.
Autor: Germán Díaz
Publicado bajo la licencia Creative Commons: Compartir Igual, No Comercial, Sin Derivar.
No hay comentarios:
Publicar un comentario